Dramaturgos del Siglo de Oro (Y Osuna)

"Dicen que la historia se repite, lo cierto es que sus lecciones no se aprovechan." (C. See)

La relación que tuvieron dos de los dramaturgos más importantes de la literatura del siglo de oro fue dispar con Osuna. Mantuvieron una relación de amor (Quevedo) y odio (Cervantes), justificado en parte por la relación que mantuvieron con la Casa de Osuna, coincidiendo con su época de esplendor.

"En Osuna y Orihuela todo cuela", fue la frase que dijo el gran Miguel de Cervantes Saavedra (Alcalá de Henares, 1547 – Madrid, 1616), en referencia a la Universidad de Osuna. El porque intento trasladar esta mala fama sobre la universidad de Osuna, nos lo aclara Rodríguez Marín (Osuna, 1855 - Madrid, 1943), que plantea varias hipótesis: la primera que podría ser, es que el abuelo de Cervantes fue corregidor en Osuna y quizás las cosas no le fueran bien o al propio don Miguel que fue recaudador de Alcabalas en Estepa a pocas leguas de Osuna y quizás fuera a el, quien no le fueran bien las cosas. También planea una ultima, haciendo referencia a la estrecha amistad que mantenía el Gran Duque de Osuna con Francisco de Quevedo (Madrid, 1580 – Villanueva de los Infantes, 1645) a quien le hacía favorecer y no a el.

Francisco de Quevedo inicia su relación con el Duque de Osuna, Pedro Téllez-Girón y Velasco Guzmán y Tovar (Osuna, 17 de diciembre de 1574 - Barajas, 24 de septiembre de 1624) en 1606, justo cuando se instala en Madrid, para cursar sus estudios de teología. Quevedo le dedica al Duque de Osuna las traducciones de Anacreonte, autor hasta entonces nunca vertido al español. Quevedo acompañó al duque a Sicilia como secretario de Estado en 1613, y participó como agente secreto en peligrosas intrigas diplomáticas entre las repúblicas italianas. De regreso en España, en 1616 recibió el hábito de caballero de la Orden de Santiago. Acusado, parece que falsamente, de haber participado en la conjuración de Venecia, sufrió una circunstancial caída en desgracia, a la par, y como consecuencia, de la caída del duque de Osuna (1620).

Faltar pudo su patria al grande Osuna,
Pero no a su defensa sus hazañas;
Diéronle muerte y cárcel las Españas,
De quien él hizo esclava la Fortuna.

Lloraron sus envidias una a una
Con las propias naciones las extrañas;
Su tumba son de Flandes las campañas,
Y su epitafio la sangrienta luna.

En sus exequias encendió el Vesubio
Parténope, y Trinacria al Mongibelo;
El llanto militar creció en diluvio.

Diole el mejor lugar Marte en su cielo;
La Mosa, el Rhin, el Tajo y el Danubio
Murmuran con dolor su desconsuelo.

Francisco de Quevedo

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